Volver

La casa del inglés estaba cerca de la estación.
Era diferente a las otras. Tenía un jardín en el frente, con rosas.
Y un patio en el fondo, con un duraznero.
El conjunto era agradable y fresco,
pero parecía deshabitado y triste.

Crucé el jardín de adelante y golpeé la puerta.
Hubo un silencio y solo el viento silbaba.
Cuando golpeé por segunda vez, el inglés vino a abrirme.
Era hombre calvo, de boca gruesa y nariz delgada.
Me pareció que era una persona impulsiva,
de esas personas que hacen las cosas de pronto y sin pensar.
Por su imagen, no era fácil descubrir cuál era su profesión.
Podía ser tanto un militar como ser un sacerdote.