Volver

Un Fenómeno Inexplicable

de Leopoldo Lugones

Hace un tiempo, yo viajaba por la ruta de campo que divide provincias de Córdoba y Santa Fe. Era tarde y tenía mucha hambre. Pero como tenía el estómago mal, necesitaba comer algo sano. La gente me había dicho que las posadas de por ahí eran horribles. Así que no sabía dónde comer y tampoco dónde pasar la noche.

Alguien me dijo que en el próximo pueblo, había un inglés que vivía solo y podría hospedarme. Pero me advirtió que el inglés era muy malhumorado y que hablaba muy poco.

Unas horas después llegué a la estación del próximo pueblo. Era una típica estación de campo, en medio de paisaje enorme, tranquilo y silencioso, con apenas algunas casitas desparramadas.

La casa del inglés estaba cerca de la estación. Era diferente a las otras. Tenía un jardín en el frente, con rosas. Y un patio en el fondo, con un duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero parecía deshabitado y triste.

Crucé el jardín de adelante y golpeé la puerta. Hubo un silencio. Solo el viento silbaba. Cuando golpeé por segunda vez, el inglés vino a abrirme. Tenía la nariz delgada y la boca fina. Me pareció que era de las personas impulsivas, que hacen las cosas de pronto y sin pensar.

Primero él se mostró muy amable y todo pareció normal. Pero durante la cena empecé a notar algo extraño. Mientras comíamos, el inglés miraba una y otra vez a un rincón del comedor. Parecía angustiado. Yo traté de ver con disimulo qué había en ese lugar. Pero no pude descubrir nada.

Seguimos comiendo y conversando. El inglés y yo éramos médicos. Por lo tanto, nos interesaban mucho las enfermedades. Pero también nos gustaban los experimentos científicos. Así que hablamos mucho de esos dos temas.

En un momento de la conversación, yo le dije: "Los científicos a veces se equivocan porque creen ver cosas raras, como por ejemplo objetos que se mueven solos. Pero en verdad, esas cosas no existen. Son pura imaginación."

Entonces, el inglés cambió la cara, se puso furioso y me dijo: "Creáme. Las cosas raras existen. A veces no son un producto de la imaginación."

Me lo dijo de un modo tan categórico, que me di cuenta que alguna vez el inglés había tenido una experiencia muy rara. Y que todavía ahora lo preocupaba.

Le pregunté y él aceptó que tenía un secreto que nunca antes le había contado a nadie, ni a su esposa. Pero me dijo que yo le daba confianza y estaba dispuesto a contármelo. Entonces, me contó: "Hace muchos años, conocí a unos hombres que tenían poderes mágicos. Eran capaces de ponerse a dormir y segundos antes de quedarse dormidos se imaginaban muy fuerte que eran otra persona. ¡Y lo lograban! ¡Podían convertirse en dos personas al mismo tiempo! ¡La misma cara, el mismo cuerpo pero dos personas diferentes! Y cuando se despertaban, volvían a ser una sola persona."

El inglés me confió que se sintió tan intrigado que quiso probar de hacer la experiencia. Así que se puso a dormir, pero antes de quedarse dormido se imaginó muy fuerte que era otra persona. La primera vez no pasó nada, la segunda tampoco. Pero lo hizo una y otra vez, ¡hasta que lo logró! ¡Logro transformarse en dos personas al mismo tiempo! Cuando eso sucedió, él quiso ver la cara de esa otra persona, pero no pudo.

El inglés estaba exaltado con su propio relato y continuó: "Repetí el experimento muchas veces. La idea de ver la cara de esa otra persona me volvía loco. Estaba obsesionado. Quería saber si era igual a mí. Así que un día que probé el experimento, hice fuerza para abrir los ojos pronto ¡y lo vi! Éramos dos, yo y una sombra igual a mí. Pero lo que yo quería era verle la cara a esa sombra y comprobar que era igualita a mi cara Así que me acerqué, pero lo que vi me impresionó. ¡No era mi cara! ¡Era la cara de un mono! ¡Cómo podía ser yo una persona y un mono al mismo tiempo!"

Desde ese día, ese mono es una sombra que me acompaña a todos lados.

Yo pensé que el pobre inglés estaba enfermo, que era como todos los científicos. Que creía en cosas raras que no eran verdad, que eran pura imaginación. Pero él insistió en que el mono de su experimento ahora existía de verdad. Y que él iba a probarlo con mi ayuda.

Yo era su huésped. Estaba solo con él, en su casa. Y no me sentía en condiciones de contradecirlo. Así que sí o sí, tuve que aceptar ayudarlo.

Como todos saben, si una persona se mueve su sombra se mueve también. Pero el inglés decía que si él se movía, su sombra-mono se quedaría quieta. Y que eso probaría que existía de verdad.

Entonces el inglés empezó a caminar por la habitación. Yo tenía que observar si la sombra se movía con él o no. Yo pensaba que la sombra se movería. Pero cuando el inglés caminó de un lado al otro de comedor, tuve la sorpresa más grande de mi vida. ¡Su sombra no se movió!

Yo igual pensé que el inglés era un mago y que me estaba haciendo un truco para reírse de mí. Así que decidí demostrarle que yo también era inteligente y podía probar que su sombra era igualita a él, como todas las sombras. Y que no tenía nada que ver con la cara de un mono. Entonces agarré un papel y un lápiz y me acerqué a la sombra. Luego puse el papel encima de la sombra y pasé el lápiz por los bordes . Hice la línea sin levantar la mano y llevé el papel a la luz para ver el dibujo.

-Usted no mire– le dije yo la inglés. -¡Sí que voy a mirar! -me respondió él. -¡No!- repetí yo. Pero él no me hizo caso. Y entonces, cuando los dos miramos, vimos esa cosa horrible. Una nariz chata, una trompa de animal. Era la cara del mono, que de verdad había tomado vida.