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Yo estaba mirando embobado un palacio impresionante.
Alrededor mío había unas chicas
con la piel color de chocolate y trenzas sobre la frente.
Por todos lados pasaban carros
y hombres con canastos con bananas sobre la cabeza.
Más allá, había un almacenero que le gritaba a un mono
porque le había robado su cigarro.

En eso estaba, cuando mi primo Guillermo Emilio me gritó:
—¡Tony! ¡Tú aquí, Tony!
Entonces, me di vuelta y lo vi.