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Entonces Roberto supo que iba a morir.
Sintió un fuerte dolor que lo dobló al medio,
y largó el revólver.
De inmediato, sostuvo la mano del paisano con sus dos manos
para evitar que lo acuchillara otra vez.
Y así se quedaron los dos hombres,
sosteniendo el mismo cuchillo y luchando.
Roberto estaba aterrorizado, confundido.
Sentía la muerte en el vientre.
Un chorro de sangre los bañaba a los dos.
Se escuchaba el ruido de dos respiraciones,
entremezcladas en el esfuerzo de la lucha.
Entonces, el cuchillo hizo más profunda la herida,
y el cuerpo de Roberto tambaleó hasta que cayó sin fuerzas,
con los ojos inmensos de terror,
y la boca abierta en un largo grito.