El paisano miró esos ojos sin vida
y gruñó con una voz de animal:
-Te la había jurao.
Entonces la boca de Roberto se cerró
y sus dientes hicieron un fuerte ruido cuando chocaron.
Y luego se oyó un sonido blando
cuando la cabeza cayó sobre la tierra.
El paisano, corrió hacia los cardos
y volvió al camino con su caballo.
El cuerpo de Roberto estaba allí, sin vida,
como si estuviera descansando.
Tenía una herida enorme sobre su vientre
y un charco de sangre oscura alrededor de la cabeza.
El caballo del paisano lo olfateaba
pero él lo tranquilizó con palabras sarcásticas:
-No se asuste, que ese ya no ofende a nadie
Olfatear es oler.
Palabras sarcásticas son palabras burlonas.