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Por fin, Alicia murió
y, entonces, su cama quedó vacía.
Cuando la sirvienta fue al dormitorio para sacar las sábanas,
vio algo que la extrañó.
El almohadón donde Alicia apoyaba la cabeza
tenía manchas de sangre.

La sirvienta llamó extrañada a Jordán.
Él llegó rápido y vio dos pequeñas manchas de sangre
como picaduras, en el almohadón.
Entonces le pidió a la sirvienta
que levantara el almohadón a la luz.
Y apenas ella hizo el gesto de levantarlo,
cuando lo dejó caer de inmediato.
Jordán le preguntó:
—¿Qué pasa?
Y ella le respondió:
—Es que pesa muchísimo.